Por qué son realmente importantes las malas palabras

Históricamente, tratar el tema fue tabú.

Sociedad | hace 1 año

Existía en la sociedad una lista negra de palabras que no sólo no figuraban en el “prestigioso” diccionario de la Real Academia Española, sino que no se podían utilizar públicamente. Algunos se animaron a llamarlas malas palabras, por su fuerte carga negativa. En esa época no había boludos, en todo caso, hubo tontos o, por lo menos así era públicamente. Los medios de comunicación se encargaron de masificar el “buen habla”, invisibilizando una de las formas más genuinas de expresión popular. Lo socialmente permitido no fue resultado más que de la construcción mediática, ya que en los espacios privados se han seguido utilizando. Allí, en el cotidiana, no tienen una connotación negativa. Las malas palabras son señal de confianza y camaradería, intervienen desde la comunicación construyendo identidad. Por esa razón, en el barrio suele encontrar su máxima expresión, aunque no se descartan los countrys ni las zonas más pudientes. No es lo mismo un trasero que un culo, en tanto valor simbólico y social, reflejo de nuestra cultura. Ya el gran dibujante y humorista argentino Fontanarrosa expresaba, en el III Congreso Internacional de la Lengua Española realizado en 2004. Muchas de estas palabras tienen una intensidad, una fuerza, que difícilmente las haga intrascendentes. Lo que yo pido es que atendamos esta condición terapéutica de las malas palabras. Lo que pido es una amnistía para las malas palabras. Y remata: “Tal vez, al marginarlas las hemos derivado en palabras malas, ¿no es cierto?”. Veamos cómo funciona esto desde los medios con un ejemplo. La serie juvenil estadounidense Violetta no hacía más que reproducir algo que no nos es propio, un lenguaje neutro y pobre, donde “¡Mierda!” es “¡maldición!”, en donde se produce un choque y una tensión entre la realidad y la ficción, entre lo “grasa” y lo culto, también entran INTRATABLES, otros programejos y pasquines su función es boludear, idiotizar y confundir. Vale la aclaración: las palabras malas no existen. Para los más conservadores, ya están contempladas en el diccionario. Y, de a poco, se divisa una apertura que permiten visibilizar al boludo y al carajo. Ya no como parte de una lista negra sino como parte del proceso de construcción del sentido, una forma de expresión popular.  Apertura que se da como consecuencia del auge de las redes sociales y la disolución de lo público de lo privado como espacios diferentes de socialización. Desde el lenguaje, también se construye sentido. Y en vistas al futuro, esas palabras que nos identifican de otras sociedades, nos permitirán jugar un rol más activo en la disputa de poderes, dando el brazo a torcer al conservador sistema de valores, ya obsoleto.
Ahora si... pueden irse todos a la Shell que los parió, siempre y cuando no lo entiendan ehhhhhhhh

Grazia Deladda

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