El hijo de Yiya Murano “la envenenadora de Monserrat”.

Habló de su dura infancia, de cuando Yiya le confesó cómo asesinó a tres amigas (“el veneno estaba en los saquitos de té, no en las masas”) y sobre los misterios del paradero de la criminal más famosa del país.

Sociedad | hace 2 años

A mí me lo confesó: me dijo que las había matado. Se lo negó a la Justicia y a todo el mundo, pero a mí me lo confirmó... Y que el veneno estaba en los saquitos de té y no en las masitas”, relata Martín Murano el único hijo de Yiya, “la envenenadora de Monserrat”.

“Me contó también que mi padre no era mi padre biológico. Yo lo sospechaba, porque Yiya tenía muchos amantes... Me confesó todo en un lugar secreto, cuando planeaba escapar, después de que le declararan la prisión perpetua y le dieran ocho días para presentarse”,

–¿Cómo era la Yiya madre?

–No lo era. No existía. No estaba nunca. Delante de los demás hablaba bien de mí, decía que era campeón de taekwondo, pero yo no sabía ni una toma. Su vida eran sus amantes, la plata y su familia biológica, que son igual de basura que ella y a la que mantenía con plata mal habida.

–¿Quién te crió?

–No sé... Tal vez Ignacia, la empleada. Mi papá era abogado y trabajaba hasta muy tarde. Yo lo veía los fines de semana, cuando íbamos a ver los partidos de San Lorenzo. Desarrollé poder de observación y así sobreviví. Iba a una parroquia, a la escuela Don Bosco, después al Colegio Monserrat y a otras escuelas... Hacía básquet en San Lorenzo y artes marciales en GEBA. En el deporte nunca me segregaron.

ESTAFAS, DETENCION Y VISITAS. Fue una noche como cualquier otra, cuando Martín tenía 12 años. “Entró la policía, hizo una requisa y la llevó detenida. Era plena dictadura, 1979... No abundaban las explicaciones. Con mi papá no entendíamos qué pasaba. Pero yo sospechaba que Yiya andaba en las estafas. No me imaginaba los asesinatos. Después supimos todo por Canal 9”, cuenta y vuelve a arrancar, casi de memoria, con la historia: “Yiya había empezado una etapa de dólares, Bonex y plata fácil. Se encerraba en el dormitorio y hablaba de plata. Yo la escuchaba. Hasta que en un mes (febrero) pasó todo. Primero murió Nilda, la señora de al lado de casa, después Chicha, otra amiga, y finalmente Mema, que era prima de Yiya. Me acuerdo perfectamente de cuando atendió el teléfono y dijo: ‘¡Pero, pucha! Cada vez que me llaman es para decirme que murió una amiga mía’. Tenía ese cinismo hijo de puta que es lo que más odio en el mundo”.

María de las Mercedes Bernardina Bolla Aponte de Murano (nacida en Corrientes en 1930) había sido acusada de envenenar con cianuro justamente a Nilda Gamba, Carmen Zulema del Giorgio Venturini (Chicha) y Lelia Formisano de Ayala (Mema), después de estafarlas. Quedó detenida en Ezeiza, de 1979 hasta 1982. “Estaba presa e incomunicada. Mi viejo se recluyó en casa. Yo le decía que si seguíamos escondiéndonos iba a parecer que la apañábamos. El me decía ‘es tu madre’ y yo le respondía ‘es tu esposa’. Para mí nunca fue mi vieja. La gente me pregunta cómo no me afectó su historia, y le explico que lo vivo como si le hubiera pasado a un vecino. La marginación fue lo único difícil”, admite Martín.

–¿Cómo es que tu papá no se daba cuenta de nada?

–Era un porteño de los años cincuenta, que sólo pensaba en su trabajo y en San Lorenzo. Inocente, pacífico, sencillo, bonachón y sin ideales... Tenía adoración por mí. Después de lo de Yiya se deterioró, bajó varios kilos y fumó cuatro atados de cigarrillos por día. La casa se vino abajo. Ella nos había fundido. Quedamos siendo unos marginales. Me echaron de la iglesia. Entraba más tarde al colegio porque tenía periodistas en la puerta. Papá murió de pena a mis 19 años, sin saber que yo no era hijo biológico de él. Yiya había vuelto a la cárcel.

LA FELIZ Y LO DE MIRTHA. Martín terminó el colegio y se recibió de instructor de artes marciales. Se destacó en taekwondo, karate y boxeo tailandés. Después se empleó como doble de riesgo. “Formé mi escuela. Trabajé para Canal 9, fui actor. Me buscaron para Poliladron pero seguí adonde estaba y me equivoqué. Romay vendió el canal, Suar se fue para arriba y yo me quedé sin trabajo. Entonces arranqué como guardaespaldas, patovica y seguridad. Conocí a una chica de Mendoza y me fui a vivir nueve años allá. Me separé y me casé dos veces más. Tuve varias parejas, muchas, pero nunca fui infiel: es que había crecido con la infidelidad de mi madre...”, apunta, y pide no nombrar, “para preservarla”, a una hija que tuvo. “Volví a Buenos Aires y después elegí Mar del Plata. Me gusta esta ciudad, porque en verano era el único lugar en el que yo tenía a mi viejo entero para mí”, agrega en Algarrobo House, la mueblería que comparte con un socio en Independencia al 3600. “Me gusta la diversidad: seguridad, muebles y que por mi libro se hagan obras de teatro y una película que vengo negociando”, sintetiza, al tiempo que cuenta que ahora no está en pareja. 

–¿Cómo eran tus primeros encuentros con Yiya presa? 

–La iba a visitar a la cárcel para acompañar a mi papá. Nada más. Llegaba y me quería ir. Cuando tuvo el aneurisma, en el ’81, la internaron en el hospital Pirovano y yo ni entraba a verla: me quedaba hablando con el cana de la entrada. Luego de que murió mi papá fui sólo una vez, porque la que era entonces mi mujer la quería conocer.

–¿Y mientras estuvo libre, del ’82 al ’85?

–Vivíamos en la misma casa, pero yo no le daba bola. Era como un mueble molesto. Me iba del colegio al gimnasio y de ahí a lo de alguna amiga. Hasta que le dieron reclusión perpetua y estuvo diez años presa. La liberaron por la Ley del 2x1.

–Y ahí volvieron a verse...

–De grande, nos reencontramos. La vi en lo de su abogado, antes de ir juntos al programa de Mirtha Legrand. Creo que pensaba que tal vez cambiara. Lo intenté. Sin embargo, en un momento le dije: “Seguís siendo la misma mierda de siempre”. Al día siguiente, frente a las cámaras, muy suelta de cuerpo mandó: “Venimos a festejar el reencuentro”. Nos volvimos a ver dos o tres veces más, cuando ella me buscó. Yo ni la saludaba con un beso. Se quejaba: “Muchos tienen que llorar a un buen hijo muerto. Yo tengo que llorar a un mal hijo vivo”. Volvió a casarse y trató de envenenar a su hijastra. Entonces, una de sus sobrinas la llevó a un geriátrico en Caballito. La fui a ver hace cuatro años y no me reconoció. Estaba muy mal. Después, no supe nada más de ella.

SEGUN EL CRISTAL CON QUE SE MIRE. La última certeza sobre Yiya Murano es que terminó en un geriátrico de Vidal y Monroe, en Belgrano. Hay quienes sostienen que se encuentra en estado vegetativo y quienes creen que murió. Tendría 85 años. A Martín lo llamaron para decirle algo, pero no quiso escuchar qué: “No les creo nada a los familiares de Yiya”.

–¿La perdonaste?

–No tengo nada que perdonar. No me interesa más que cualquier otro policial. Ni tengo resentimiento. Sí juzgo que mató gente y lo que le hizo a mi viejo. Sé que dejó huellas en mi vida, pero son patadas que trato de que me tiren para adelante.

–¿Nunca tuviste miedo de que te mate?

–Trató una vez, con una torta. La sacó del horno, yo la estaba por comer y de pronto me manoteó y la tiró en el incinerador. No sé si se arrepintió o si era para otra persona. 

–¿No pensaste en cambiarte el apellido?

–Nunca. No tengo nada que ocultar. Murano es el apellido de mi viejo, la persona que más quise en el mundo. Y es, además, un cristal famoso 

Fuente: Revista Gente Posta-Posta

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